“La fotografía es un lenguaje universal, capaz de ser entendido y apreciado en cualquier rincón del mundo.”

Incluso, siendo fotógrafo profesional, admito que a veces cuando viajo por vacaciones, la tentación de dejar la cámara en casa y viajar más ligero de equipaje es muy fuerte. Los mejores teléfonos móviles de hoy en día, (también los más caros) cuentan con cámaras excepcionales que producen fotografías impresionantes, (no sin ciertas limitaciones). Sin embargo, cuando viajo a un lugar que realmente me interesa, siempre prefiero llevar una cámara, incluso si tuviera uno de esos increíbles teléfonos (que, por cierto, no tengo).

Para mis viajes, utilizo una modesta cámara digital réflex Canon de 16 megapíxeles que, aunque ya tiene más de una década, sigue siendo una gran compañera. A pesar de no ser un modelo moderno, aún es capaz de hacer buenas fotografías, si se sabe como. No tengo claro qué haré en el futuro, pero por ahora estoy decidido a seguir llevando mi fiel cámara en la mochila.


ATENAS ENERO 2026

Mi afición por la historia antigua nació en la adolescencia, cuando leí por primera vez la novela de Mika Waltari titulada Sinuhé el egipcio. Desde entonces, de manera autodidacta, siempre he querido aprender más sobre el antiguo Egipto, Mesopotamia, Grecia, Roma y otras civilizaciones.

Tal vez por eso, visitar Grecia otra vez me produjo la misma fascinación y emoción que la primera. Esta vez solo Atenas, mientras que en mi visita anterior también exploré Delfos, Cabo Sunión, la isla de Egina y otros lugares inolvidables.

Llegamos a Atenas en un vuelo de poco más de una hora desde Estambul, con un sol radiante y unos 16 °C, un contraste agradable con nuestro destino anterior. Desde el primer momento percibimos algo fantástico: la escasez de turistas.

Teníamos concertado un Free Tour Mitológico para la mañana siguiente. Nuestro guía, aunque nos advirtió que el no era historiador ni arqueólogo, logró captar el interés del grupo y nos condujo por los lugares más emblemáticos.

Visitar la Acrópolis al ponerse el sol, con casi ningún visitante, es una de las experiencias más memorables que alguien pueda tener. Igualmente inolvidable es tomar una cerveza en una de las muchas terrazas desde las que se puede contemplar la Acrópolis iluminada al anochecer.

Nos alojamos en un apartamento muy bien equipado en el pintoresco barrio de Plaka. Sus calles estrechas y edificios bajos recuerdan otros rincones del Mediterráneo. Plaka y el cercano barrio de Monastiraki, famoso por su Mercado de las Pulgas (algo parecido al Rastro de Madrid, pero más pequeño), concentran la mayoría de los turistas por estar al pie de la Acrópolis, el Ágora Griega, el Ágora Romana y otros monumentos importantes, por fortuna en esta época del año se puede pasear por sus calles con absoluta tranquilidad.

En esta visita también pude visitar, además del Museo Arqueológico Nacional que ya conocía, el “nuevo” Museo de la Acrópolis, que en mi anterior viaje aún estaba en construcción. Ambos son museos modernos, con piezas de un valor incalculable, y considero que son visitas imprescindibles seas o no amante de la historia.

Atenas es una gran ciudad, como otras muchas europeas, pero sus restos arqueológicos la hacen única en el mundo. Esto por sí solo justificaría una visita, aunque también su gente, su gastronomía, su clima mediterráneo y otros atractivos hacen que viajar allí sea una agradable experiencia.

Mientras descargo en el ordenador las fotos que traje, ya siento ganas de volver. Sin duda, volveré.

F.Pérez

 


ESTAMBUL- ENERO 2026

Estambul nos recibe con un cielo nublado, presagio de que los cuatro días que pasaríamos en esta magnífica ciudad no serían los más propicios para hacer turismo… y menos aún para practicar la fotografía, que además de mi profesión, es mi pasión.

Viajar aquí en enero tiene sus inconvenientes: el frío y la lluvia, como pudimos comprobar desde nuestro primer día. Pero esa misma temporada baja nos permitió disfrutar de la ciudad sin agobios: no hubo colas en los monumentos ni necesidad de suplicar una mesa en los restaurantes, como suele ocurrir en temporada alta.

Alojarnos en el barrio de Sultanahmet resultó una decisión práctica y acertada. Allí se concentran la Mezquita Azul, Santa Sofía, el Hipódromo Romano, la Cisterna Basílica, el Palacio de Topkapi y el Museo Arqueológico, todos accesibles a pie en pocos minutos.

A la mañana siguiente de nuestra llegada, participamos en un free tour organizado por una conocida empresa internacional, presente en muchas ciudades del mundo. La experiencia fue positiva: nuestra guía, acompañándonos a nosotros y a unas veinticinco personas más, no solo situó los monumentos en su contexto histórico, sino que también nos advirtió sobre la escandalosa subida de precios de la entrada a los mismos en los últimos años. Decidimos, entonces, visitar únicamente los lugares que realmente nos interesaban.

El mal tiempo nos obligó a refugiarnos más de lo que habríamos querido en el Gran Bazar y en el Bazar de las Especias. Aunque son visitas obligadas, no dejan de ser espacios con centenares de tiendas que venden productos muy similares, con precios orientados al turismo. Mientras caminaba por sus pasillos, me imaginaba cómo debe ser hacerlo en temporada alta, entre hordas de visitantes regateando y comparando precios en cada puesto.

En definitiva, Estambul sigue sorprendiendo y fascinando a viajeros y turistas desde hace siglos.
Quizá sea por  su mezcla entre Oriente y Occidente con sus tres nombres históricos —Bizancio, Constantinopla y Estambul—.
Quizá sea por la historia que atesora, por su ubicación estratégica, cruce de caminos entre continentes.
Quizá sea por la curiosidad de descubrir las costumbres de quienes la habitan mientras se pasea por sus calles.
Quizá sea por su gastronomía o por el maravilloso recorrido por el Bósforo.
Será por todo ello y mucho más, supongo

F. Pérez